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La democracia que se hace con tinta
Por Javier Darío Restrepo*
¿Qué están haciendo los periódicos en América Latina frente a las tareas de construcción de la democracia? El periódico, ¿es un poder o un servicio? El periodista colombiano Javier Darío Restrepo, que participó la semana pasada como maestro en el taller “El periodismo y los procesos democráticos”, organizado conjuntamente por Funglode y la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano plantea estas interrogantes y comienza a responderlas a partir de su larga trayectoria como maestro de ética periodística .
Un vistazo general nos indica que hay tres clases de posiciones: la del periódico que trabaja para sí mismo; la del que trabaja para la sociedad, y la del periódico que no es lo uno ni lo otro y que se mueve dentro de un modelo mixto.
Son fácilmente reconocibles los diarios que trabajan para sí mismos porque allí aparecen las orejas del negociante dominándolo todo. La selección de la noticia, su tratamiento, su presentación, obedecen a un criterio: el de mejorar el negocio. Los espacios colonizados por la publicidad le dan un inconfundible aspecto de catálogo de ventas o de gran supermercado que no deja lugar ni para la noticia completa, ni para la indispensable tarea de hacer entender ésta. Ese criterio de periódico negocio, por sobre todas las cosas, concluye, como lo denunciaba en un seminario en Monterrey el periodista argentino Mario Mércuri, en un periodismo barato en el que “es menos costoso opinar que informar, es mucho más simple llenar una página con tres articulistas que dan una opinión, que publicar un reportaje con contenido profundo y fundamentado”.
El periódico puede llegar a ser un instrumento de propaganda política, claramente puesto al servicio de una campaña electoral o de la gestión de un Gobierno, o de la acción de un partido con exclusión de lo que no coincida con ese partido tomado; es el caso de periódicos que silencian candidatos, gobernantes y partidos porque no son los de la casa; o si los mencionan lo hacen como coyuntura para el ataque destructor.
Servir a la sociedad
Como los anteriores, los periódicos al servicio de la sociedad son fácilmente identificables. Éstos no descuidan sus fuentes de ingresos; saben que es un deber para con sus lectores mantener una organización económicamente sólida. Como decía Donald Graham, editor del Washington Post, “ las ganancias no son incompatibles con el buen periodismo”.
La selección de las noticias, su tratamiento y presentación, obedecen a un propósito de servicio al bien común; por eso se planean, se discuten y se evalúan en función de ese servicio. Son periódicos que se distinguen por su manera de titular, por los temas que dominan en la primera página, por la preocupación de hacer entender y por su obstinada actitud de juego limpio con el lector.
La tercera clase de periódicos, esos híbridos entre lo groseramente comercial y el periodismo de servicio, quieren parecerse a los periódicos serios y disimular su apetito comercial y su incondicionalidad con políticos, gobiernos o partidos.
Si uno observa detenidamente estas tres clases de periódicos, hallará en ellos la presencia o la ausencia de unos referentes éticos que a la vez reflejan su nivel de calidad democrática y proporcionan las claves para emprender tareas de corrección y renovación.
Esto plantea, de entrada, un dilema crucial para un periódico: ¿es un poder o un servicio?
Tanto los periódicos como los periodistas encontramos en ese dilema la expresión de una crisis de identidad que se resuelve cuando con lógica democrática se concluye que todo poder o es servicio o se deforma en tiranía.
El periódico no es una empresa como otra cualquiera porque no está al servicio de unos intereses particulares, ni de un partido, ni de un gobierno, sino de toda la sociedad. Cuando el diario actúa así llega a convertirse en un órgano tan imprescindible para la sociedad, como los ojos, los oídos o la lengua para el cuerpo humano. Pero esto implica una exigencia radical: la independencia.
Independiente
Para que la información sirva a la democracia, para que el conocimiento transforme al súbdito en ciudadano, tiene que ser independiente. El informe del PNUD sobre la democracia en América Latina contiene una reveladora encuesta entre presidentes del continente sobre la prensa y los periodistas. Todos destacan la existencia de un poder “contrabalance del poder presidencial”, que “opina, juzga y condena, siempre hostil y que no es equilibrado por la responsabilidad,” pero advierten, es un poder que se ha convertido en instrumento de los sectores económicos.
En otro nivel, el de los lectores, hay percepciones semejantes. Al menos así lo comprobó una defensora del lector del diario El Tiempo , de Bogotá, cuando adelantó una encuesta sobre la credibilidad del periódico y encontró que la mayoría de las respuestas vinculaba la caída de la credibilidad a la sensación de que el periódico dependía de los poderes económicos representados, en los anunciantes, o en los voceros de influyentes y poderosas empresas o grupos económicos.
La influencia de un periódico, en efecto, está vinculada a la credibilidad de sus informaciones y ésta descansa en una independencia que a la vez debe ser y parecer. Se levantan, pues, como muros insalvables para el cumplimiento de la acción democratizadora de un periódico, las dependencias, sea de gobiernos, de partidos, de candidatos o del poder económico.
En el seminario celebrado en Monterrey por la FNPI y la CAF el año pasado sobre “Ética, calidad y empresa periodística”, el asesor de Le Monde Jean Francois Fogel señaló como un reto de calidad, hacer frente a los poderes. Por regla general, un periódico sometido a los poderes está condenado a la mediocridad, en el mejor de los casos. Según el experto francés, un medio de calidad se distingue de los otros porque hace oír una voz distinta, una voz desinteresada. Los dos valores que son la responsabilidad y la independencia están al servicio de un valor central, la viga maestra del perfil ético de un periódico y de un periodista: el compromiso con la verdad.
A entender
En el proceso que transforma al súbdito en ciudadano, adquiere el carácter de necesidad de primer orden la información, perfeccionada con la interpretación y el análisis de los hechos. Decía la periodista mejicana Alma Guillermoprieto en el aludido seminario de Monterrey “que en este momento lo que urge es un periodismo que ayude a entender, a tomar decisiones y a informarse”.
Para que una sociedad pueda ejercer de modo inteligente su derecho al voto necesita una información de calidad que contrarreste las medias verdades de la propaganda electoral. Este conocimiento es el que le da a la democracia su consistencia de “conversación constante, llevada a cabo en público con una cantidad de personas con derecho a participar en la comunicación,” de que habla Brunner. La comunidad democrática, como la que le dio origen en el ágora ateniense, es una comunidad que se apoya en la palabra, y ésta tiene todo su vigor para hacer sociedad cuando es verdadera.
*El autor es experto en ética periodística, catedrático de las universidades Javeriana y de los Andes y conferencista habitual sobre temas de comunicación social.
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