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Paradojas de la nueva ética *
Por Carlos Dore Cabral*
Cualquier reflexión o estudio que pretenda una explicación de la ética contemporánea –no una simple descripción de los hechos relacionadas con ella, como es usual en la República Dominicana— se topa con una aparente paradoja. Mientras, por un lado, está en marcha un movimiento pujante que reivindica la ética, que se cuestiona profundamente sobre las grandes dificultades que provocan en su campo los adelantos científico-técnicos y los avances económicos y sociales, por el otro, hay un predominio del individualismo –o el así llamado por algunos estudiosos neo-individualismo-, cuyo eje central es el egoísmo, (primero yo y después yo), donde lo que se exalta es la felicidad de cada cual, el éxito, el dinero, la pasión por lo corporal en uno mismo, el derecho al ocio.
¿Cómo se explica que ese nuevo ser humano distante totalmente del antiguo comportamiento austero en que el cumplimiento del deber y el compromiso con el ideal implicaban hasta la entrega de su propia persona, esté metido hasta el tuétano en los trajines morales de la política, de las empresas y de los medios de comunicación?
La respuesta tiene que ver con los cambios sufridos a través del tiempo por los valores que norman los comportamientos de los hombres y de las mujeres y por la forma en que éstos participan en el proceso de revitalización moral en marcha.
Hoy existen una ética y una moral, pero completamente distintas a las que hubo anteriormente. Desde el Cristianismo la Antigüedad se pueden diferenciar distintos tipos de teorías y de prácticas sobre el comportamiento humano, que vamos a obviar en estas notas, para limitarnos a los que han predominado a lo largo de ese último período. Previo al momento presente puede hablarse de una ética religiosa y una ética laica, ambas basadas en el deber. En el primer caso –que es también la primera forma de ética en el lapso histórico que nos ocupa-, se trata del deber frente a los principios divinos consagrados en la Biblia y resumidos en los Diez Mandamientos. En el segundo caso, que sigue al anterior en el tiempo, se trata del deber frente a las propias convicciones, sin ningún tipo de atadura a las creencias religiosas.
Esas dos éticas fundadas en principios tan opuestos eran comunes en su motivación, el deber, y en sus formas de comportarse, que se basaban en normas como la disciplina, la austeridad, el sacrificio, el amor al prójimo más allá de a uno mismo, la consagración a una meta ... hasta la inmolación si era necesario en la defensa de las palabras de Dios o del ideal social que se perseguía. La primera predomina durante la así llamada Edad Media y la segunda es uno de los resultados más puros del reinado de la modernidad; es el fin de ésta la que la conduce a su ocaso.
Diferencia La diferencia principal entre la ética y la moral actuales y las que les preceden estriba precisamente en su total rompimiento con el principio motivador que era común a aquellas: el deber y, asimismo, con los principios normativos –que igualmente caracterizaba a las pasadas— que exigían una total entrega e incluso una donación de la persona misma al ideal, fuese religioso o laico.
Esta nueva época, imprecisamente denominada por Gilles Lipovetsky como de sociedades postmoralistas, se caracteriza no por carecer de moral, sino porque coloca los valores que tienen que ver con el placer, el ego, la felicidad y el bienestar individuales muy por encima de la abnegación. El autor citado, que sí teoriza con precisión sobre los comportamientos contemporáneos –llegando a precisar que postmoral no significa ausencia de moral-, asegura que “nuestra cultura cotidiana ya no está dominada por los grandes imperativos del deber difícil y sacrifical, sino por la dicha, el éxito, los derechos del individuo y ya no sus deberes”.
Inversión
Esa inversión - si así puede llamarse- en la primacía de los valores del hombre y de la mujer actuales en relación con los del pasado, no quiere decir que aquellos no se ocupen de cuestiones de orden éticas y morales. Sí que lo hacen, pues entre sus normas existen también el rechazo a la ineficiencia y la falta de calidad en el trabajo, al enriquecimiento ilícito por vía del Estado o de la empresa privada, a las irregularidades de toda naturaleza cobijadas por ambos tipos de instituciones, a los riesgos que corre la humanidad por la acción de una ciencia y tecnología sin controles, al nivel de pobreza, de ausencia de educación y de carencia de asistencia médica que padece la mayoría de la humanidad al mismo tiempo que una minoría se enriquece cada día, y a la existencia de sistemas políticos excluyentes en términos socioeconómicos y desconocedores de los derechos humanos.
Lo que diferencia a los seres humanos de esta época de los adoradores del deber de las dos épocas anteriores, es que su participación en el campo de la ética y de la moral no está motivada por una vocación de mártir, dispuesto a los mayores sacrificios, incluso a perder la vida en aras de sus propósitos. No. Todo lo contrario. Actualmente las actividades morales se combinan –sin ningún problema de fe o de convicción— con el placer, con el interés económico, con el disfrute absoluto de la libertad individual.
El gran movimiento actual de creaciones de comités de bioética que imponen límites morales a las ciencias y a las tecnologías, los grupos que se organizan para luchar contra la corrupción en el Estado y en la empresa privada, los que demandan una mayor transparencia en los sectores políticos, empresariales y comunicacionales, los que organizan fundaciones y cruzadas contra las diferentes manifestaciones de la pobreza extrema, no lo hacen apelando al sacrificio y la disciplina, sino a las mismas pautas de publicidad que mueve las acciones de los partidos, de los empresarios y de los medios. Las más exitosas campañas para ayudar a las víctimas empobrecidas o enfermas son los maratones benéficos por televisión, que estimulan al donante no por vía de su capacidad de abnegación y amor al prójimo, sino con las presentaciones artísticas que acompañan normalmente a esas actividades morales.
Así se explica la aparente paradoja que significa que en un momento de predominio del individualismo egoísta, exista un movimiento importante de revitalización moral. Este fenómeno de la ética y de la moral de la postmodernidad contiene otros elementos, cuyo tratamiento solo es posible a través de nuevas entregas.
*El autor es secretario de Estado, director de la Dirección de Información, Análisis y Programación Estratégica de la Presidencia y director de Investigaciones de Funglode.
Bibliografía del autor
Camps, Victoria, ed, Historia de la ética , Tomo 3. La ética contemporánea , 2da. Edición, 2003, Ediciones Crítica, Barcelona.
Gardner, Howard y Mihaly Csikszentmihalyi y William Damon, Buen trabajo: Cuando ética y excelencia convergen , 2002, Ediciones Paidos Ibéricas, Barcelona
Lipovestsky, Pilles, Metamorfosis de la cultura liberal , 2003, Editorial Anagrama, Barcelona.
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