"La cultura suma: políticas culturales y economía de la cultura"

Por Carlos Enrique Guzmán Cárdenas

MARCO REFERENCIAL PARA EL ESTUDIO

¿EL FIN DEL PARADIGMA CULTURAL DOMINANTE O UNA NUEVA PERO AGOTADA POLÍTICA PÚBLICA CULTURAL?

En la dinámica actual de las discusiones, encuentros y conferencias internacionales e intergubernamentales sobre la exigencia de diseñar políticas públicas culturales 1 y comunicacionales, que promuevan y regulen, tanto la producción y comercialización de la cultura que se realiza en forma industrializada, como la distribución y circulación de productos y servicios artísticos, culturales y comunicativos nacionales, frente a los procesos de mundialización cultural y globalización económica en la recomposición monopólica de los mercados transnacionales 2 -con una creciente desregulación de la intervención gubernamental- se ha hecho evidente en el contenido pragmático de los actores globales en compleja interacción con la dinámica de las prácticas discursivas presentes en los actores encargados de las políticas culturales a nivel nacional y local, que los resultados limitados de muchas de las políticas públicas aplicadas en las dos últimas décadas nos están indicando, en forma reiterativa, insuficiencias severas en los marcos conceptuales en los que nos apoyamos.

Hay demasiados vacíos a los que las políticas públicas culturales y comunicacionales no contestan en el marco de la Sociedad de la Información como una de las expresiones, acaso la más prominente junto con todas sus contradicciones, de la globalización contemporánea, que de manera más general aún, está ejerciendo un fuerte impacto en los patrones de interacción social con el surgimiento de una nueva estructura social dominante, que los expertos dan en llamar la sociedad en red, aunada a inéditas expresiones culturales y, que se denominan habitualmente, como la cultura de la virtualidad real. Por otra parte, los macro temas se diluyen en otros identificando tópicos repetidos en décadas pasadas; las discusiones, de tipo declarativo, se orientan con mayor tendencia a reflexiones teóricas y poca reflexión sobre casos de gestión cultural o proyectos culturales (Natalia Sánchez y Emilia Bermúdez, 2002: p.180), y surgen numerosas interrogantes sin respuesta clara. Urgen, en consecuencia, análisis rigurosos que lleguen a alternativas de acción efectivamente imaginativas y creadoras.

Tales referentes señalados, determinan acometer el diseño y la gestión de las políticas públicas culturales en Venezuela, como en el resto de los países latinoamericanos, desde otra óptica sin renuncias a temáticas anteriores. Lo ha afirmado con toda claridad Jesús Martín-Barbero (2001: p.112), al decir que "la incertidumbre que conlleva el cambio de época añade a la crisis de los mapas ideológicos una fuerte erosión de los mapas cognitivos que nos deja sin categorías de interpretación capaces de captar el rumbo de las vertiginosas transformaciones que vivimos."

El análisis de los cambios y fenómenos que caracterizan la cultura en la que vivimos, y la relación de esta con los inéditos elementos que configuran la denominada "nueva economía" requiere ir más allá de las barreras disciplinarias tradicionales, dado que, precisamente, uno de los rasgos fundamentales de la sociedad de la información y del conocimiento (en adelante, SIC), como una sociedad global que no coincide con ninguna de las sociedades nacionales actualmente existentes, es la interconexión entre los diversos sistemas sociales, económicos, políticos y culturales. En este sentido, la cuestión cultural del siglo XXI exige a los actores sociales, tanto públicos como privados, inmiscuidos en el desarrollo de las políticas culturales y comunicacionales, el planteamiento de diferentes direcciones de carácter inclusivo, y no excluyentes, que vayan más allá de una simple democratización.

Es precisamente este hecho el que le ha conferido su particular complejidad al caso latinoamericano. Los problemas culturales más agudos enmarcados en el desarrollo asimétrico de la urdimbre cultural se han puesto en evidencia para enfrentar los retos del siglo XXI, debido entre muchos aspectos, al agotamiento del modelo cultural "civilizatorio": "más cultura para todos", que trascendió a los ámbitos políticos, sociales y la comunidad cultural en su sentido más amplio, sin haberse generado oportunamente la búsqueda del consenso socio-cultural entre participación ciudadana y construcción de lo público, necesario para reorientar el rumbo social de nuestros países, donde la cultura por la que vivimos forme parte de un verdadero proyecto de desarrollo de la Democracia.

Por otra parte, la actuación de los agentes culturales públicos y privados, en términos generales, sigue obedeciendo al paradigma político-cultural de carácter difusionista y extensionista. Prevalece como cualidad central de las políticas culturales latinoamericanas, el "desarrollismo-incrementalista", fundamentado en la tesis que interpreta al desarrollo cultural como un proceso de crecimiento institucional y programático, desprovisto de referencias de políticas, estrategias y planes en disonancia con la evolución del consumo cultural (los hábitos, prácticas y gustos) de las grandes mayorías.

Así tenemos, que el balance de las políticas públicas en materia cultural, en los inicios del siglo XXI latinoamericano, nos indica que no se ha modificado el escenario dominante de la década de los 90 como consecuencia, en primer lugar, de una concepción del desarrollo cultural sustancialista, tradicional y patrimonialista en contraposición a un marco conceptual que valora que la vida cultural puede convertirse en un servicio público y privado económicamente rentable, así como en un instrumento catalizador de la identidad e integrador de la sociedad en su conjunto y, en segundo término, como producto de una democratización difusionista-extensionista con un fuerte desequilibrio asimétrico del consumo cultural en el contexto latinoamericano de la pobreza con avances y retrocesos de la descentralización. Además, ha operado igualmente, la falta de una mirada prospectiva así como la desarticulación entre los problemas comunicacionales y culturales frente a los cambios que sería preciso operar en su seno como en el contenido de su acción. De esta suerte, en el caso de Venezuela, el Estado mantiene una visión avejentada sobre los sub-dominios del campo cultural industrial-masivo que suman la inmensa mayoría del peso económico de la cultura, sin políticas, planes y proyectos para incorporarnos a una nueva estructura de producción, circulación y consumo cultural en el contexto de la denominada sociedad de la información y del conocimiento, sin afectar nuestras identidades, diversidades y pluralidades culturales.

Adicional, nos encontramos, que no existen datos desagregados relativos a las características generales de la extensión así como el volumen de las actividades económicas relacionadas con el sector cultural; sobre el empleo cultural en general y de las industrias culturales y comunicacionales en particular, desconocidos e infraexplotados por los poderes públicos; las actividades relacionadas con la pequeña y mediana empresa (PyMEs), las empresas artesanales, nuevas tecnologías, el audiovisual y la sociedad de la información, lo cual dificulta la puesta en práctica de sistemas estadísticos culturales, nacionales y regionales, capaces de suministrar información sobre aquellos aspectos culturales susceptibles de ser cuantificados periódicamente y de apoyar el correspondiente proceso de elaboración y gestión de políticas culturales.

¿… MÁS DE LO MISMO O INNOVACIÓN?.

Y en ese sentido, mientras el eje actual de las discusiones sobre las características de las políticas públicas permanezca girando en torno a tendencias fundamentalistas, sin retomar en los puntos de la agenda cultural la formulación de una visión de transformación a largo plazo de la vida pública (Brill, Michael. 1992), así como el reconocimiento social de la función económica de la cultura como un importante campo de inversión, circulación de capital y generación de empleos, la verdad es que seguiremos con "más de lo mismo".

A esta situación, se nos unen, dos afirmaciones entusiastas que encierran la historia de varias generaciones de académicos, intelectuales, promotores, administradores y gerentes de los procesos culturales con sus respectivos corolarios políticos públicos; la primera, nos apunta que "vivimos en una época de cambios rápidos y masivos, ésta es sólo una fase acelerada de la modernidad, ¡bienvenidos al cyberespacio!" y la segunda, nos advierte que "necesitamos rescatar la identidad y la cultura popular del capitalismo salvaje de la transnacionalización tecnológica y las redes globalizadas de producción /circulación simbólica".

Generaciones o tendencias interpretativas, que han transitado desde el imaginario de la modernización desarrollista pasando por los aportes del pensamiento marxista y la ortodoxia economicista del materialismo histórico hasta la preocupación metafísica-fundamentalista del romanticismo científico como fuente del apócrifo nacionalista de los referentes tradicionales de identidad, definiendo un determinado tipo de prácticas y productos culturales apreciados ante todo por su tradicionalidad, autenticidad y origen, irreconciliables con la transformación histórica de la modernidad.

No obstante, estas afirmaciones tienen particularidades en común: continuidad en la forma, perspectivas maniqueas y apocalípticas, un excesivo pragmatismo, la nostalgia ideológica y una suerte de relativismo o reduccionismo cultural, que en combinación tienen un efecto letal sobre las nuevas síntesis posibles de las identidades locales o nacionales en transformación. De igual modo, el debate necesario, posible y deseable, sobre las prioridades culturales de los países latinoamericanos, que pasa por explorar sistemáticamente las vinculaciones entre vida pública /respuestas políticas posibles /marcos culturales se nos ha ido desdibujando en un contexto nacional de gran incertidumbre social, económica y política y, a ratos, más por la voluntad de los artistas y creadores, investigadores, gerentes y trabajadores culturales en su sentido más amplio, se retoma la discusión transitando de lo táctico a lo estratégico.

CULTURA Y CIUDADANÍA: UNA NUEVA TEXTURA POLÍTICA.

Esto significa, que es imprescindible reconsiderar en sus propósitos y ampliar en sus contenidos el vínculo entre políticas y prioridades culturales para contribuir a la determinación de cursos estratégicos de acción y, así poder determinar la actualidad y/o eficiencia de las políticas públicas culturales existentes. Hay que tener en cuenta que la política cultural es una estrategia estructural en la urdimbre misma y que el efecto positivo de tal estrategia debe situarse en una concepción del Desarrollo Humano. El inicio del siglo XXI ha demostrado para Venezuela y América Latina, la impostergable necesidad de profundizar en los campos de la urdimbre cultural, a partir de nuevas teorizaciones y enfoques, cuya gestión plantea requerimientos, oposiciones, desafíos y encuentros de diversa índole. En consecuencia, se requiere para alcanzar un desarrollo humano cualitativamente distinto como sostén del sistema democrático, una concepción política sustentada en una pluralidad de intereses que acentúen la interacción entre cultura y ciudadanía, al igual que reconocer la heterogeneidad dinámica de los diversos contextos socioculturales regionales y locales que caracterizan el lugar de la memoria y de la diversidad colectiva. Uno de los temas principales del debate en la formulación de las políticas públicas, será la lucha entre las exhortaciones de una ciudadanía cultural liberal versus una ciudadanía cultural pluralística.

Este "déficit" político cultural de nuestras democracias puede atribuirse, a la concepción clásica de ciudadanía de carácter liberal, una visión muy restringida que deja de lado la multiplicidad de identidades políticas y culturales, sobre todo cuando es evidente que los ciudadanos no comparten una misma identidad y que en vez de uniformidad encontramos una pluralidad de identidades. Así mismo, la sensibilización política, en gran parte de las sociedades latinoamericanas, hacia la necesidad de una democracia integral, que permita suprimir las relaciones de apropiación diferencial y excluyentes, hace pensar que en los próximos años la participación de lo cultural como actor social y económico, así como el diseño de políticas públicas culturales acordes con los códigos y relatos muy diversos de la población, serán tareas primordiales para la puesta en marcha de una nueva "textura política". La gestión, planificación y administración de la acción cultural en unidades de servicios municipales, tomando en consideración las funciones culturales, tales como: promoción y animación socio-cultural, difusión, protección-conservación, investigación, formación de recursos humanos, apoyo a la creación, producción y divulgación cultural, entre otras, serán centros de intervención en los que se ensayen los beneficios del proceso de descentralización, su territorialidad histórica-cultural y el grado de participación ciudadana.

De ahí partimos, la atención y el esfuerzo en la gestión de los procesos culturales deben estar dirigidos a proyectar una mirada prospectiva. Se trata de plantear, ¿cuál sujeto histórico será incorporado en las políticas públicas culturales futuras?; lanzando hipótesis nuevas, permitiendo cuestionamientos totales, compensando lagunas. Por supuesto, también debemos encontrar puntos de anclaje, de articulación, sobre los que se puedan construir políticas de las que esta predefinición estaría destinada a la vez a la opinión pública y a los responsables de la gestión.

LA ECUACIÓN ECONOMÍA-CULTURA PARA EL ANÁLISIS POLÍTICO CULTURAL.

De manera que, nuevos enfoques de comparación deberán buscarse en la formulación de las políticas públicas, con la finalidad de mejorar la capacidad comprensiva de los procesos, prácticas y sistemas vinculados a la cultura en cualquiera de sus dimensiones o aspectos. Pero también, la cultura, aparece como un apreciable terreno de innovación y competitividad. Las industrias de la nueva economía -que incluyen a las industrias culturales y comunicacionales- son obligada referencia a la hora de medir el grado de avance de cualquier país.

Es decir, la cultura ya no se entiende sólo como una ocupación pública generadora de gastos, también, y cada vez con más intensidad, viene a formar parte de la economía privada, donde dispone de un fuerte potencial de crecimiento portador de elementos de creatividad, innovación y producción dentro del ámbito nacional, regional y local. Al respecto, de manera tradicional, la cultura ha sido percibida no como una oportunidad sino como un gasto. No obstante, las tendencias actuales apuntan hacia la comprensión de la cultura como una parte central del capital social (Kliksberg, Bernardo y Luciano Tomassini. 2000). De hecho, se evidencia que los países que han sabido apoyarse en ella y potenciarla, han generado a partir de la misma modelos organizacionales inéditos, conocimientos nuevos, redes de cooperación interna, creación de fuentes directas de empleo y numerosas industrias, entre otros beneficios.

Todo ello, ha enriquecido su perfil como sociedades y simultáneamente ha mejorado su "calidad de país" y su competitividad. Para un país, la competitividad se traduce en la posibilidad que tienen sus ciudadanos para alcanzar un nivel de vida elevado y creciente (Enright, Michael; Antonio Francés y Edith Scott Saavedra. 1994: P.67). De modo que, frente a la agenda de problemas sociales y económicos que presentamos como países, la cultura no sólo no es un obstáculo, sino que puede ser un aliado formidable para el diseño de políticas públicas que promuevan las condiciones favorables para el desarrollo sustentable de la competitividad que hoy se requiere.

A su vez, el sector cultural se caracteriza por las cada vez más estrechas interrelaciones entre la vida cultural (instituciones culturales y socioculturales públicas, teatros, museos, centros de arte, enclaves artísticos urbanos o rurales, escuelas de arte, conservatorios, etc.) y la economía cultural (mercado musical, artístico, literario y editorial; producción audiovisual multimedia -cine, vídeo, CD; fotografía, diseño, artes plásticas y espectáculos, arquitectura, oficios relacionados con el arte, protección y restauración de monumentos históricos y turismo). Por ejemplo, la cultura contribuye ampliamente al desarrollo de contenido y de aplicaciones, lo que representa uno de los elementos clave de la competitividad en la sociedad de la información. En afinidad, la importancia creciente de la cultura está estrechamente vinculada a la reciente evolución del desarrollo económico.

En los últimos años, diversos autores 3 argumentan que, los países occidentales más desarrollados se encuentran en un proceso de gestación de una nueva economía, que se caracterizaría por la aplicación generalizada de la información y el conocimiento, tanto en los procesos productivos como en las transacciones comerciales, designando a un conjunto difuso de elementos que tratan de recoger las características del nuevo entorno en el que se mueven los procesos económicos generadores de valor añadido.

El avance de esta reciente economía sería producto de la difusión masiva de las tecnologías de la información y la comunicación 4 (en adelante, TIC) en general, y el uso extensivo de la red Internet 5, en particular. En lugar de los esquemas tradicionales de conexión de "uno a muchos", la red permite, por primera vez, interconectar "todos con todos". 6 En general, la nueva economía se refiere a sucesos que van desde la irrupción de las TIC hasta la intangibilidad de los bienes producidos. Sin embargo, desde otras perspectivas, se circunscribe a un fenómeno macroeconómico con incrementos continuos de la productividad en las sociedades occidentales (especialmente en la economía Norteamericana), crecimientos del Producto Interno Bruto 7 a tasas que superan las de los años sesenta y, una reducción considerable de los niveles de desempleo así como una importante reestructuración de los mercados de trabajo.

Paralelamente, tiene lugar un fenómeno de creciente digitalización 8 en aquellos productos y servicios que se prestan a ello. Sería el caso de las industrias de contenidos 9 (content industries); cinematográfica y audiovisual; fonográfica; empresas productoras de software (programas de ordenador) y servicios financieros por la red, entre otros. Por otra parte, los avances tecnológicos hicieron irrumpir en el mercado nuevos medios de reproducción, difusión y explotación de los productos culturales y consiguientemente implican una expansión extraordinaria de las industrias culturales: editoriales, del entretenimiento, del espectáculo, de los medios de comunicación. Vale destacar, a manera de ejemplo, que el impacto de la tecnología ha sido más profundo en la industria del disco que en la del libro debido a la amplia difusión de aparatos para realizar copias para uso privado a muy bajo costo -desde los aparatos grabadores y reproductores de sonido hasta las computadoras personales- y a la utilización de Internet para acceder a música grabada en formato digital.

En estos casos, o bien el producto permite ser digitalizado y distribuido a gran escala en este formato, o bien, se trata de bienes tangibles, cuya venta y distribución va acompañada de un amplio abanico de servicios de valor agregado (información, asesoramiento, soporte técnico, pago, etc.) suministrados a través de la red. Además, el dilema acerca de la expansión del mercado es más importante en la producción y distribución de expresiones intangibles fijadas en soportes tangibles 10 como CD, libros o vídeos que en el caso de ser acercadas al público a través de un servicio como, por ejemplo, una obra de teatro en vivo.

"En este último caso, el problema de exclusión es más fácil de manejar debido a que el consumo de estos bienes se da en presencia de los creadores -o parte de ellos. Pero el problema es distinto cuando el consumo se produce fuera del alcance de los autores o dueños de la obra -cuyos derechos pudieron haber sido adquiridos por un tercero para su explotación económica. En este caso, los productores pierden el control en el mundo de los incontables consumidores diseminados por todo el mundo". (OMPI. 2002: p. 15).

Asimismo, por lo que respecta al volumen de negocio que mueve a las industrias cuyos contenidos son de naturaleza digital, pone de manifiesto su impacto sobre la economía para ser bautizada con el adjetivo de digital 11. La economía digital constituye un acontecimiento emergente 12, que está teniendo un impacto creciente 13 sobre las actividades productivas de los países, igualmente sobre la manera en cómo sé interrelacionan los diferentes agentes públicos y privados en el mercado.

Así, por ejemplo, según datos del Ministerio de Ciencia y Tecnología (2001b: pp. 17), las TIC concentraron el 3,4% del PIB de Venezuela en 1999 (US$ 4.568 millones), de los cuales US$ 2.563 millones corresponden a telecomunicaciones. En el año 2000 el mercado de hardware en Venezuela totalizó alrededor de US$ 850 millones, 25% de crecimiento respecto a 1999. Se estimaba que para el año 2001 el crecimiento fuera de 30%. Para el año 2000 el mercado local de software alcanzó los US$ 244 millones. Sus ventas han crecido un promedio de 27%, cada año desde 1997 hasta el 2000. Un gran porcentaje de las empresas exportan, en promedio, 19% de sus ventas totales. La industria proporciona empleo a más de 4.500 personas.

Otros datos confirman que Venezuela es el país latinoamericano con mayor crecimiento de comercio electrónico (se estima en 600% para los próximos 5 años). En el 2000 las compras a través de la web en Venezuela estaban cerca de los US$ 50 millones y para el 2002 se estimó en los US$ 150 millones (MCT, 2001b: pp. 17-18). El 23% de las compras se realizan en sitios venezolanos. La mayoría de las empresas principales de la economía formal ya han invertido en el desarrollo de sus sitios web y en su plataforma tecnológica de comercio electrónico. En muchos casos estas inversiones no se han traducido todavía en ofertas concretas en línea, pero están en vías de desarrollo. Para finales del año 2001 la inversión en informática alcanza aproximadamente US$ 200 millones en software, US$ 810 millones en servicios y US$ 1.000 millones en hardware de todo tipo, repuestos y consumibles. Adicionalmente, el Gobierno Nacional a través del MCT, tiene estimado realizar inversiones entre 2001 y 2006 por el orden de los 2 mil millones de dólares en el área tecnologías de información y telecomunicación.

Pero además, el surgimiento de esta economía, que puede que sea el rasgo más característico del capitalismo informacional (Castells, Manuel. 1998), y la creciente complejización de la producción con base en el dominio tecnológico (Buckley, John V. 2000), es causa y consecuencia a la vez de la búsqueda de un ámbito competitivo mucho más amplio en el curso de una economía mundial cada vez más globalizada.

Sea la sociedad de la información, el digitalismo (Terceiro B., José y Gustavo Matías. 2001), capital digital (Tapscott Don, David Ticoll y Alex Lowy. 2002), la infonomía (Cornella, Alfons. 2000), o cualquier otro término que se acuñe, el hecho cierto es que la generación, producción, transmisión, conservación y reciclaje de la información, el conocimiento, las experiencias y la cultura van a determinar no sólo la configuración de los espacios sino las bases de su competitividad a medio y largo plazo (Rausell Köster, P. 1999).

La experiencia histórica registra que en cada una de las distintas etapas de los procesos de desarrollo económico de los países prevalecen distintas estrategias 14 para generar progreso económico. Así tenemos, que en las economías de menor desarrollo, se depende en buena medida del aumento de las cantidades de factores para generar nueva riqueza y, los aumentos en productividad que prevalecen, suelen consistir en mejoras parciales en procesos productivos existentes, que no implican incrementos sustanciales en la intensidad del capital. Por su parte, en las economías emergentes, cobran mucha importancia los aumentos acelerados en los niveles de inversión, que conducen a elevar rápidamente la productividad del capital. Y, en las economías desarrolladas, la productividad de los factores está cada vez más determinada por procesos de innovación sistemáticos y extendidos -tales como, innovaciones de producto, de proceso, de organización y de mercado-, que son capaces de provocar saltos frecuentes y acumulativos en los niveles de productividad general.

El rasgo característico de esta fase es que las industrias, sectores y actividades que dinamizan la economía de la nación no sólo asimilan y mejoran tecnología de otras naciones, sino que la crean, y llegan a tomar la delantera en el avance del "estado del arte" en tecnologías de producto, de proceso, de mercadeo y de otras dimensiones de la competencia. De esta forma, la capacidad de innovación se convierte en la fuente principal de ventaja competitiva. Aquí, distinguiremos entre los conceptos de ventaja competitiva y ventaja comparativa. El concepto de ventaja competitiva, es totalmente opuesto a la teoría de la ventaja comparativa que sostenía que los determinantes de la competitividad eran los recursos naturales, los costos de mano de obra, los tipos de interés, los tipos de cambio y las economías de escala. La competitividad considera como factores productivos el conocimiento, la productividad total, la innovación y la estrategia. Las ventajas competitivas son creadas por el hombre y, derivan del conocimiento aplicado a todos los procesos de la organización y la sociedad.

EL IMPACTO ECONÓMICO DE LA CULTURA.

Del mismo modo, es meridiano, que las industrias de la sociedad de la información 15, que incluye a las industrias culturales -de contenidos-, los medios de comunicación, las telecomunicaciones (extensión telemática, redes) y tecnologías de información, se han convertido en uno de los sectores más importantes y de más rápido crecimiento en la economía mundial. Están creando nuevos empleos 16 y oportunidades; recientes productos y servicios finales, impulsando la adición económica y, mejorando la competitividad de los países en el comercio exterior. Pero también es importante señalar, que si bien es cierto que el concepto de competitividad engloba los de productividad, eficacia y rentabilidad, también lo es, que la competitividad de un país, una región o una empresa depende hoy de forma determinante de su capacidad de invertir en investigación 17, conocimientos y tecnología 18, así como en la creación de competencias laborales, que hagan posible sacarles el mejor partido posible en términos de productos y servicios nuevos. Las nuevas teorías del crecimiento insisten sobre el hecho de que el motor de un "crecimiento duradero" es el incremento de los conocimientos y los cambios tecnológicos, y no la acumulación pura y simple de capitales (Doryan, Eduardo y otros. 1999).

En lo particular, las industrias culturales y de la comunicación -denominadas en los Estados Unidos como industrias del entretenimiento y, en Europa, como industrias culturales y dirigidas sobre todo al sector del ocio- están inmersas dentro de esta sociedad de la información, principalmente porque el impacto que han tenido las TIC en relación con el sistema de producción cultural 19 industrial-masivo, implica un aumento de la productividad y, esto se traduce, en aspectos ligados al trabajo cultural en términos de empleo así como establecer las importantes consecuencias que tiene para la elaboración de políticas culturales, tanto en el ámbito público como en el privado.

Las industrias culturales 20 y comunicacionales (en adelante, IC), protagonizan una importante reorganización tecnológica, económica y normativa en un contexto mundial, caracterizada por una visible transformación de las estrategias de los agentes culturales 21 y económicos, de su organización y de las relaciones de poder entre ellos. Los agentes culturales se diferencian no sólo por las diferentes funciones que cumplen en el proceso de producción, difusión, comercialización y consumo de los bienes y servicios culturales. Se distinguen también por la posición económica que ocupan en dicho proceso o, en otros términos, por las relaciones sociales bajo las que se inscriben en la economía cultural.

Sin embargo, a propósito de la producción cultural en América Latina, Hugo Achugar (2000:Pp.277-278), afirma que:

"La investigación y el análisis de la relación entre cultura, valor y trabajo en América Latina han sido, si no nulos, bastante escasos y, en el mejor de los casos, han sido realizados, desde presupuestos teóricos y disciplinarios antropológicos o sociológicos, como una parte menor de investigaciones cuyos intereses no estaban centrados en la elaboración de políticas públicas de la cultura. Esto se debe a varias razones, pero entre las fundamentales es posible enumerar: 1) la persistencia en la sociedad latinoamericana de una concepción acerca de la cultura que entiende que el 'valor' cultural es simbólico y, por lo mismo, redituable sólo a nivel espiritual, así como la de una concepción 'demonizada' de la 'cultura masiva' y de las llamadas 'industrias culturales', 2) la ausencia de interés por la 'economía de la cultura' tanto en los encargados de elaborar y administrar políticas culturales como entre los economistas latinoamericanos, y la consecuente ausencia de dicha problemática en los planes de estudio de las universidades de la región; y en parte, en función de lo anterior: 3) la ausencia de datos desagregados relativos a los bienes y servicios culturales en los informes y estadísticas suministrados por las reparticiones estatales…"

Pero también es cierto, que las tendencias internacionales de recomposición de los mercados culturales respecto a los sistemas de producción, distribución y comercialización, que vienen desarrollándose en las últimas décadas, confirman que las industrias culturales y de la comunicación latinoamericana se hallan rezagadas. En el período de los últimos quince años, se desvela, en los países latinoamericanos, un desarrollo bastante distorsionado entre producción y consumo cultural 22; tanto en comparación con los movimientos a escala mundial como por los desniveles internos en nuestra región, y dentro de cada país. Progresivamente se acentúa su lugar periférico en la comercialización 23 de productos culturales. De modo que, la pregunta sería: ¿Cuáles son las posibilidades de Venezuela y de los paises latinoamericanos, de hacer parte efectiva 24 de un mercado de bienes y servicios culturales en el contexto de la denominada Sociedad de la información?. 25

Y, si no queremos renunciar a las zonas claves del Desarrollo Cultural, tanto tradicionales como modernas, desistir a la producción electrónica y audiovisual de los circuitos culturales -en los que se registra la mayor transnacionalización y desterritorialización de las culturas nacionales y locales-, en un tiempo de globalización e interculturalidad, de coproducciones e hibridaciones multinacionales (García Canclini, Néstor. 1995), es indudable que se hace imprescindible realizar un esfuerzo conjunto por parte del Estado -como lugar del interés público- y de las empresas privadas nacionales, que conduzca a fortalecer los mecanismos en la producción, financiamiento y, difusión de los bienes y servicios culturales, como estrategia de una política pública innovadora, dirigida a reducir la creciente dependencia con los conglomerados comunicacionales y multimedia transnacionales.

En tal sentido, con este ensayo pretendemos contribuir al reconocimiento de la importancia que el conocimiento del volumen económico de las industrias y actividades relacionadas con la cultura, tiene respecto de las políticas públicas, y haciendo énfasis en la situación de las industrias culturales y comunicacionales. El primer nivel de análisis, registra el reconocimiento social de la función económica de la cultura como un importante campo de inversión, circulación de capital y generación de empleos; que pueda reconocer las perspectivas de lo que significa el sector cultural de la economía 26.

"…los estudios y análisis que han intentado dar cuenta de dicho sistema cultural no han considerado la variable económica y, de modo particular, no han considerado las implicaciones laborales y económicas de dicha producción tanto en el ámbito nacional como en el continental; salvo, claro está, la atención que se le ha prestado al 'consumo cultural'. Por otra parte, del lado de los economistas apenas comienza a ser tomado en cuenta como un objeto legítimo de estudio e investigación" (Achugar, Hugo. 2000:p.279)

La segunda dimensión de análisis, refiere a las fuentes de competencias estratégicas y organizativas de las industrias culturales y comunicacionales. Y, como tercera dimensión de análisis, la capacidad de innovación aparece como una condición esencial para la expansión de una sociedad de la información y del conocimiento en Latinoamérica.

EL ANÁLISIS ECONÓMICO DE LA CULTURA: LA SATISFACCIÓN DE NECESIDADES INDIVIDUALES Y EL VALOR SIMBÓLICO.

Pero, aún así, es evidente que nos encontramos en presencia de un nuevo marco teórico que exige otras visiones desde las Ciencias Sociales y Económicas. No podemos olvidar que la cultura es, además de un concepto impreciso con múltiples connotaciones, un bien económico singular, producto de un proceso en el que participan creadores y distribuidores, organizados más o menos formalmente para hacer llegar los productos culturales a un heterogéneo mercado de consumidores (Dávalos Tamayo, Lorenzo. 1990:p.6).

Hugo Achugar (2000:p.286), sostiene que:

"La diversidad de opiniones refleja el estadio de transición en que se encuentra el debate latinoamericano respecto de la ecuación economía-cultura -en especial, la problemática del 'valor y la cultura'- y asimismo respecto de la relación entre cultura e industrias culturales. (…) El tema es particularmente relevante pues supone no sólo una diferencia entre valor económico y valor cultural o simbólico, sino también una clara diferencia en el funcionamiento de ambos valores; más aún, cabría en el caso de la cultura diferenciar entre bienes (mercaderías) y servicios. Ahora bien, si es cierto que una de las diferencias más evidentes entre un 'producto cultural' y otro cualquiera radica en el hecho de que ambos mantienen relaciones no homólogas entre inversión, trabajo y rentabilidad, también es cierto que esto no funciona de manera universal para todo tipo de producto cultural. (…)No hay duda de que esta suerte de 'especificidad' económica del producto cultural ha planteado desafíos a la teoría económica general. En especial, uno de los factores más problemáticos tiene que ver con el comportamiento de ciertos 'productos culturales' en términos de durabilidad. La caducidad o la permanencia del producto cultural no es determinable de antemano como ocurre con otros tipos de productos ni tampoco depende de la inversión, de los materiales o del trabajo involucrados en su producción".

Por supuesto, la irrupción de la economía en el campo de la cultura nos obliga a una revisión epistemológica. Sin embargo, no es la intención de este ensayo, ahondar en la variedad de connotaciones académicas del término, sino más bien aproximarnos a una definición operacional desde el campo económico. Para ello, utilizaremos el marco conceptual crítico de John B. Thompson (1990); una concepción estructural de la cultura que enfatiza tanto el carácter simbólico del fenómeno cultural como el hecho de que dicho fenómeno esta siempre imbuido en contextos sociales estructurados 27.

"Según dicho autor, el 'análisis cultural' debe ser visto como el estudio de las formas simbólicas, esto es, acciones con significado, objetos y expresiones de distintos tipos, en relación con los contextos históricos específicos y socialmente estructurados, dentro de los cuales y por medio de los cuales, estas formas simbólicas son producidas, transmitidas y recibidas. Si bien para Thompson el concepto incorpora su mayor valor añadido por su esencia estructurada, para el lenguaje económico, la importancia de esta definición reside en la incidencia en los aspectos de producción, transmisión y recepción, que en un paralelismo más útil a nuestros propósitos podríamos traducir como producción, distribución y consumo" 28.

Las formas simbólicas son, por tanto, los productos y el análisis cultural el estudio de cómo estos bienes se producen, distribuyen y consumen. Pero, ¿cuál es la particularidad de los bienes y servicios culturales?. Asumiendo que el sector cultural y aquellas actividades económicas vinculadas a la producción cultural están conformado por una serie de bienes y servicios de distinto tipo, el valor simbólico, es decir, la manifestación simbólica de una "función cultural" asociado a éstos (valores, creencias, normas, símbolos expresivos) es determinante para el desarrollo de la economía de la cultura. Dentro del marco de la producción simbólica, un elemento importante lo constituye la producción cultural. Esto implica que nos interesan los productos culturales que sean símbolos expresivos con características comunes en sus procesos de producción.

Otras características de su demanda y oferta contribuyen a determinar la singularidad de los bienes culturales. Consideramos que la cultura es un bien privado con un importante componente colectivo porque i) no sólo el consumidor privado, sino además la sociedad en su conjunto, deriva beneficios de su consumo de los que no puede ser excluida, y ii) porque la cultura, además de ser un bien de consumo individual, es a menudo un bien que puede ser consumido por muchos sin sufrir mayor merma en calidad o cantidad (v.g. un concierto). La no rivalidad en el consumo consiste en que el consumo de un bien por un individuo no priva a otro del consumo del mismo bien. La no exclusión consiste en la imposibilidad de que, una vez que el bien es producido, impedir que algunos consumidores lo consuman.

Además de poseer un importante componente público, los bienes culturales tienen otras características que los distinguen del común de los bienes de mercado. Su distinción no reside, rigurosamente hablando, solamente en características de la naturaleza de la cultura considerada como bien económico, se asienta también en rasgos propios del proceso productivo en el sector cultural.

El segundo rasgo, básico para los analistas culturales, es que estamos hablando de bienes y servicios que intentan satisfacer un tipo de necesidad específica: la cultural. Esta es la única característica excluyente de los bienes y servicios culturales, con respecto a otro tipo de bienes y servicios, que tiene la particularidad de ser definida por la interacción de la demanda y la oferta (Gobierno de Chile. 2001:p.23), contribuyendo a determinar la originalidad de los bienes culturales.

"Lo anterior muestra que la producción de valores simbólicos y económicos plantea una serie de desafíos para la concepción tradicional de la cultura, cuya resolución incide de manera fundamental para la elaboración de políticas públicas. Más aún, muestra que la determinación del valor económico de la cultura no significa desconocer su valor simbólico y a la vez que es más que posible que el valor simbólico implique un valor económico no siempre visible." (Achugar, Hugo. 2000:p.288)

Pero, paralelamente, es necesario considerar que, ni en un mercado perfectamente eficiente, podrán ser óptimamente satisfechas las necesidades culturales, entendidas como necesidades de producción, consumo y distribución equitativa de bienes culturales en el sentido amplio. De manera que, el sector cultural se caracteriza cada vez más por las interrelaciones estrechas y variadas entre la vida cultural y la economía de la cultura (todas las artes creativas y representativas, el patrimonio y las industrias culturales, sean estas públicas y privadas). Pero además, la incorporación del concepto de industrias culturales deja una puerta abierta a la conexión con la economía del ocio.

En consecuencia, ¿qué interés puede tener analizar las relaciones entre economía y cultura?. Desde el punto de vista de los economistas la respuesta es barroca: la cultura, como cualquiera de los bienes y servicios que se transan en una sociedad monetarizada, tiene costos, productores y consumidores y, debe medirse y cuantificarse a través de metodologías estadísticas y econométricas aplicadas a los procesos culturales. Con todo, el estudio de la dinámica económica de la cultura y el arte es relativamente reciente y su contenido conceptual ha variado a lo largo de estos últimos treinta años. La publicación del trabajo sobre la economía de las artes escénicas en vivo de William Baumol y William Bowen (1966), titulado: "Performing Arts: the Economic Dilema. A study of problems common to theatre, opera, music and dance", aunque existe un anticipo en la American Economic Review (1965: vol.5, n° 2) con el título de "On the Perfoming Arts: the anatomy of their economics problems", fue el punto de inicio de un creciente número de documentos y libros sobre el tema.

El análisis de estos autores, economistas de la Universidad de Princeton, nos indica que la brecha presupuestaria que afecta a las organizaciones artísticas no es producto de una mala gerencia, sino que es inherente a las características de producción y consumo de estas artes representativas y, sugieren que estos resultados pueden ser extendidos a otras expresiones culturales. Baumol y Bowen examinaron, tanto las características de la oferta (tecnología, productividad, costos) como las de la demanda (precios, audiencia, elasticidad o sensibilidad de la demanda al aumento de los precios) en las artes escénicas. El argumento central contenido en la famosa enfermedad "mal de costos", es que las organizaciones de artes escénicas comparten con la mayoría de las organizaciones de servicios, una restricción en sus posibilidades de incrementar la productividad, con implicaciones negativas en el aumento de sus ingresos.

Este estudio, va a marcar dos características que influyen en los temas relevantes para la economía de la cultura: en primer lugar, la vinculación de las investigaciones a las disputas sobre el papel del sector público en la subvención de la cultura, dados los efectos externos positivos sobre el conjunto de la sociedad, denominados también "ventajas para el no-usuario", porque reciben beneficios las personas que no consumen un servicio cultural dado; y en segundo lugar, la concepción de la cultura dentro del enfoque económico de las ciencias sociales, en particular como objeto de análisis económico contenido en el paradigma de la "elección racional en un marco institucional".

Así, desde mediados de los años sesenta se fue consolidado la economía de la cultura 29, como una subdisciplina dentro de la economía, que trata de aproximarse a los fenómenos de la creación, producción, distribución y, consumo de los bienes y servicios culturales (Frey, B. 2000). Las áreas de análisis más frecuentes en Economía de la Cultura (Gobierno de Chile. 2001:p.16) serán:

q el gasto tanto de los hogares como unidad final de consumo, del Estado en sus distintos niveles de ingerencia y del sector privado;

q el empleo directo e indirecto que genera la actividad cultural en las fases de producción o creación, distribución, difusión o comercialización, consumo y preservación en el mercado nacional e internacional de productos, bienes y servicios culturales;

q el aporte al producto interno bruto de las actividades culturales;

q la relación de las actividades culturales como actividades económicas con otras áreas de la economía nacional

En 1993, el término de Economía de la Cultura aparece por primera vez en la clasificación taxonómica de la publicación American Economic Literature, y en marzo de 1994 aparece un survey completo, a cargo del D. Throsby, donde realiza un repaso completo del estado de la cuestión (Rausell Köster, Pau. 1999: p.15). El desarrollo de dicho campo de estudio se ha producido principalmente en Norte América, Europa y Oceanía.

Frente al relativo problema que supone concretar y acotar cuales son los límites del objeto de conocimiento, de acuerdo al Informe publicado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (2002:p.13) sobre la importancia económica de las industrias y actividades protegidas por el derecho de autor y los derechos conexos, en términos de su incidencia sobre el Producto Interno Bruto (PIB) en los países miembros del MERCOSUR y Chile, la economía de la cultura, comprende:

"…actividades y procesos diversos, con lógicas sociales y económicas diferentes. Incluye el arte, en sus diversas manifestaciones (música, teatro, plástica, artesanía, etc.), incluyendo el espectáculo artístico en vivo, el patrimonio cultural y su conservación (museos, etc.); las "bellas artes" y otras artes -excluidas de los conceptos restrictivos de cultura. En particular, se destacan los productos de representación, como la puesta en escena de obras de teatro o los recitales de música, o en forma más amplia comprendiendo a los espectáculos o fiestas de todo tipo en que se ejecuten obras de algún autor. El producto de estas industrias es un servicio que es consumido en el mismo acto de su producción. Esta cualidad de dichos productos artísticos les imprime un carácter único e irrepetible. Incluye, aún, las denominadas industrias culturales (cine, libros, discos, etc.), actividades que producen en escala masiva y mediante métodos industriales, bienes materiales que reproducen las creaciones culturales (literarias, musicales, dramáticas, etc.); y las industrias cuyo producto es un soporte físico de la obra, como es el caso de la industria editorial o de la discográfica, cuyo producto es un objeto que es consumido por el público a lo largo de toda su vida útil, siendo posible que se realicen múltiples lecturas o audiciones. La existencia de dichos productos está unida al desarrollo de la tecnología de reproducción, desde Gutenberg al DVD, e implica que cada producto que incluye una obra es reproducido múltiples veces."

LOS ESTUDIOS DE IMPACTO ECONÓMICO APLICADOS A LA CULTURA EN AMÉRICA LATINA.

Una de las corrientes más apasionante y polémica de la economía de la cultura ha sido la que se denomina genéricamente "economía de las industrias culturales" (Millán Pereira, Juan Luis. 1993: P.130) integrada por aquel conjunto de autores que han tratado de definir los sistemas comunicativos e informativos como "sistemas económicos de producción industrial de la cultura"; consecuentemente hablarán de una economía crítica de la información y la cultura.

En el caso de Iberoamérica, los más recientes estudios relacionados con el tema de economía de la cultura, retomando la lógica de los enfoques sectoriales, han buscado concretar la relación existente entre el desarrollo de las industrias culturales y comunicacionales con la economía de estos países. El estudio desarrollado por Ma. Isabel García Gracia, Ma. Encinar del Pozo y Félix-Fernando Muñoz Pérez en el año 1995, después de considerar los tipos de actividades culturales y de ocio en España; los escenarios para determinar el valor añadido que genera la industria de la cultura y el ocio, y las variables económicas que reflejan principalmente valoraciones de la producción y el empleo en cada uno de los escenarios presentados, -volumen de ventas; valor añadido de cada una de las actividades, número de empresas de cada subsector; número de asalariados- así como, los enfoques para medir la importancia económica: enfoque de producción y enfoque de la renta; determinó que la contribución de la Industria de la Cultura y el Ocio a la economía española, en términos de valor añadido, se ubicaba en torno al 3% del PIB 30.

En América Latina, entre tanto, recién se comienzan a esbozar las primeras aproximaciones a esta área. Un estudio, realizado por Octavio Getino (1995) en Argentina 31, trató el tema de la incidencia de las políticas públicas en la balanza comercial de bienes culturales y en las industrias de los sectores cultura y comunicación, como parte de un proyecto que se orientaría a evaluar en una segunda etapa las relaciones de intercambio de dichos sectores entre los países del MERCOSUR, para contribuir al proceso de integración regional. Por otra parte, se procuraba coadyuvar a la superación de la carencia de información relacionada con las industrias de los sectores cultura y comunicación en Argentina, tendiendo a establecer una primera situación de las IC, con la convicción de que su adecuado esclarecimiento y análisis contribuiría al futuro de un área estratégica para el desarrollo nacional.

Luis Stolovich, Graciela Lescano y José Maurelle en 1997 exploran acerca de las peculiaridades que la cultura de Uruguay 32, tiene en cuanto a sector económico específico así como las características que el mismo adquiere en dicho país; en una primera parte desde una perspectiva teórica, para luego realizar, un ensayo de aplicación al estudio de las dimensiones económicas y ocupacionales del complejo cultural en Uruguay y su funcionamiento económico. Recién, otro proyecto de investigación económica elaborado por Graciela Lescano y Rita Alonso (2002) bajo la asesoría de Luis Stolovich, se planteó servir de elemental base de información para el diseño de políticas de los sectores público y privado, en favor de las PYMES 33 del cine y el audiovisual en Uruguay.

Nestor García Canclini 34 y Carlos Juan Moneta como coordinadores del libro: "Las Industrias Culturales en la Integración Latinoamericana", buscaron con éste ofrecer una información actualizada y una problematización de lugares comunes en las políticas culturales y de integración, así como opciones políticas representativas de las diversas posiciones que estuvieron presente en el debate de un grupo de renombrados especialistas convocados a mediados de 1998 por iniciativa del SELA, en el Seminario: "Integración Económica e Industrias Culturales en América Latina y el Caribe", de manera de ayudar a entender mejor las dimensiones económicas, sociales y estéticas de la producción, la circulación y el consumo de la cultura.

Por otra parte, a finales del año 1999 e inicios del 2000, se realizó el estudio sobre el aporte de las industrias culturales y del entretenimiento al desempeño económico en los países de la Comunidad Andina 35, como parte integral del Proyecto Economía y Cultura, desarrollado bajo el auspicio del Convenio Andrés Bello (CAB), con el propósito de evaluar el impacto de los productos y servicios culturales en las economías de Colombia, Bolivia, Ecuador, Perú y Venezuela.

Al respecto, el Informe sobre el Impacto de la Cultura en la Economía Chilena (2001:p.83), realizado por el Ministerio de Educación, División de Cultura, para el Convenio Andrés Bello, nos dilucida que,

"A través de los estudios e investigaciones realizados en las últimas décadas -principalmente en Europa y Norte América-, observamos que la relación entre economía y cultura ha sido establecida desde al menos dos perspectivas: Economía Cultural y Economía de la Cultura. La primera, intenta conocer las influencias que la cultura genera en la economía en una sociedad determinada, de modo de revisar el pensamiento económico a la luz de las dinámicas y particularidades de las organizaciones y relaciones humanas asociadas a la producción y consumo de productos simbólicos. Entre tanto, los análisis realizados desde la segunda perspectiva, se han abocado a entregar información sobre la esfera cultural a partir del saber económico. En particular, la Economía de la Cultura se interesa por la aplicación de la teoría y análisis económico sobre los problemas del arte y las prácticas culturales.

La aplicación mecánica o arbitraria de las teorías, perspectivas e instrumentos de una disciplina por sobre la otra, hacen imposible una enriquecimiento y fortalecimiento del desafío para instalar en la investigación conjunta, un escenario favorable a la necesaria medición del sector de la cultura en nuestros países. En definitiva, mientras en la Economía Cultural, son las definiciones culturales los que tratan de ampliar el lenguaje económico, en la Economía de la Cultura es el lenguaje económico el que se aplica a los productos culturales. Pareciera ser que una y otra perspectiva se deben nutrir recíprocamente; de la misma forma en que a partir del propio pensamiento económico se deslindan herramientas y conceptos operacionales para el análisis, los cuales a su vez, comprueban o refutan el pensamiento que los generó, a su turno se reafirma o impele a la corrección de las herramientas de investigación económicas".

En el caso de los países miembros del MERCOSUR, realizaron un estudio para la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), en cooperación con el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo de Brasil, basado en las investigaciones realizadas por un equipo de economistas bajo la coordinación del Profesor Antônio Márcio Buainain (2002:p.3), cuyo objetivo principal fue,

"…el mapeamiento y medición económica de los principales sectores y actividades económicas relacionados con el derecho de autor y los derechos conexos en los países del MERCOSUR (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) y Chile. Están igualmente identificados los sectores, subsectores y segmentos involucrados en las actividades relacionadas a la protección del derecho de autor y los derechos conexos. Está estimada la participación de esas actividades en el PIB de los países, a partir de la estimativa del valor agregado a la actividad económica de algunas industrias seleccionadas, así como del número de personas involucradas (empleo generado), y del comercio exterior de esas industrias seleccionadas. Están también contemplados aspectos relativos a la estructura de mercado en el cual se desenvuelven las industrias consideradas claves en el MERCOSUR y Chile. Del punto de vista institucional, fueron identificadas las principales instituciones que son responsables por la garantía y gestión de las normas relativas al derecho de autor, así como la legislación pertinente a los países objeto del estudio."

LA ECONOMÍA DE LA CULTURA EN VENEZUELA.

En Venezuela, algunos estudios modestos 36 fueron el inicio de esta inquietud de conocimiento sobre las relaciones entre economía de la cultura y políticas culturales. Para los años 1995 y 1997, respectivamente, se publicó en la Revista Comunicación del Centro Gumilla, dos trabajos titulados: "Asimetrías de la urdimbre cultural venezolana. Políticas Culturales y públicos" y "Análisis de Competitividad del sector de las industrias culturales /comunicacionales y su impacto económico".

En 1998, Jesús María Aguirre, Marcelino Bisbal, Carlos Guzmán Cárdenas, Pasquale Nicodemo, Francisco Pellegrino y Elsa Pilato, realizaron el estudio sobre "El Consumo Cultural del Venezolano".37 Nos ofrece una visión del consumidor venezolano, acercándonos a su forma de pensar, a sus actitudes ante el consumo de productos y servicios culturales ofrecidos, bien sea por la administración pública que dirige las políticas culturales nacionales, o por el sector privado empresarial. Dicha investigación se propuso conocer "psicográficamente" al consumidor cultural venezolano identificando sus conductas ante aspectos particulares y específicos de las industrias culturales y comunicacionales, a través de una serie de tópicos relacionados con sus actividades, intereses y opiniones, todo esto con el fin de configurar patrones de usos, y lo más importante incrementar la eficacia de las políticas culturales dirigidas a la obtención de recursos. Desde el punto de vista de la economía de la cultura, este tipo de estudio será importante por dos razones: en primer lugar, porque el consumo cultural es "un bien" y la democratización de su consumo y producción implica remover todas las barreras económicas de entrada para posibilitar la igualdad de oportunidades en el campo cultural (Rausell Köster, Pau. 1999: p.23) y, en segundo lugar, uno de los desafíos más importantes que incorpora la economía de la cultura al conjunto de la ciencia económica es el tratamiento de los gustos.

Leoncio Barrios, Marcelino Bisbal, Jesús Martín-Barbero, Carlos Guzmán Cárdenas y Jesús María Aguirre, publicaran en 1999, el libro "Industria Cultural. De la crisis de la sensibilidad a la seducción massmediática".38 En marzo de 2000, se llevó a cabo la investigación "Economía de la Cultura en Venezuela" para el Banco Central de Venezuela (BCV), la Corporación Andina de Fomento (CAF), la Fundación Polar y la Fundación Bigott, bajo la coordinación de Carlos Enrique Guzmán Cárdenas, con el propósito fundamental de exponer los criterios a ser tomados en cuenta para la evaluación crítica del sector cultural en Venezuela y la consecuente identificación de vacíos institucionales y de mercado. 39 La investigación indago acerca de las particularidades que el sector cultural en Venezuela tiene en cuanto sector económico específico y, así propiciar las condiciones necesarias para estimular su crecimiento. Los resultados de este estudio se ven reflejados en más de trescientos cincuenta páginas, 205 gráficos y 167 cuadros estadísticos mediante la cuantificación de variables referidas a la producción (unidades producidas), facturación (ventas), empleo, pago por derechos de autor, importaciones, exportaciones, subsidios directos a las actividades culturales, cobertura geográfica por entidad federal de la demanda cultural, consumo cultural, número de espectadores e inversión cultural y comunicacional consolidada, entre otros. Dichos indicadores permiten la comparación y el análisis de resultados entre los distintos subsectores que conforman la estructura cultural venezolana.

Y, en el año 2002, en la línea del financiamiento a la producción cultural, fue realizada la investigación titulada "Mecenazgo y Cultura en Venezuela" 40 por la empresa consultora INNOVATEC-INNOVARIUM Inteligencia del Entorno, Observatorio Cultural y Comunicacional de Venezuela, bajo la dirección general de Carlos Enrique Guzmán Cárdenas, para las autoridades del VICEMINISTERIO DE CULTURA-CONAC. El objetivo principal del estudio, fue determinar en términos exploratorios, la actitud, disposición y motivación del sector privado empresarial hacia la promoción, apoyo y desarrollo de bienes y servicios culturales mediante el establecimiento de incentivos y beneficios fiscales en el contexto de una Ley de Mecenazgo. De igual modo, se determinó algunos hallazgos y criterios analíticos, que pudieran orientar la política cultural del Estado Venezolano, con la finalidad de establecer en qué escenario se trabajaría mejor una Ley de Mecenazgo para los contribuyentes que apoyarán instituciones, grupos, organizaciones, fundaciones, programas, proyectos y actividades de manifiesto interés cultural.

Por supuesto, en los aspectos iniciales del debate sobre la economía de la cultura, "es claro que todavía es necesaria una mayor definición conceptual sobre categorías básicas como: producción cultural, uso y consumo culturales, comercio cultural, valor simbólico, oferta y demanda de bienes y servicios culturales, depreciación, etcétera. Además de teorización, estudios de tendencias, análisis comparados y series históricas", nos anota Santiago Niño Morales (2000:p.4) y, en particular sus relaciones con las industrias culturales y comunicacionales, fundamentalmente aquellas cuyas actividades dependen de los derechos intelectuales 41.

Pero también, habitualmente, las investigaciones sobre determinados aspectos de estas industrias y actividades han enfatizado su incidencia en la vida cultural de la sociedad venezolana, y en menor medida en la economía nacional, en un entorno caracterizado por la mundialización económica, la apertura de mercados y la continua innovación. Esto implica, un decidido esfuerzo y apoyo económico, por parte de todas las autoridades públicas, para acelerar la utilización de las industrias de la sociedad de la información en sus relaciones cotidianas con los ciudadanos-consumidores y las empresas, aumentando así la eficacia y calidad de sus servicios.

No obstante, son escasos los estudios económicos-culturales del conjunto de industrias y actividades que conforman al sector de la cultura y la comunicación en Venezuela que sirvan como soporte o de apoyo para el perfeccionamiento del sistema institucional responsable de la gestión del Desarrollo Cultural Venezolano; sobre los agentes culturales y económicos, sociales e institucionales comprometidos en el desarrollo de la sociedad de la información en Venezuela; su creciente vinculación con el sistema productivo para generar mayores niveles de cualificación que permitan el acceso a los nuevos empleos generados por esta sociedad informacional y, las profundas modificaciones a las que lo somete.

Esta nueva situación de cambios nos plantea un esfuerzo múltiple de reflexión, de crítica, innovación y desempeño haciendo hincapié en la articulación de las diferencias, para superar aquellas visiones usuales en el tratamiento de la estructura cultural venezolana y latinoamericana.

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